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Revista Repique

Repique #3

Un duelo entre miradas

Juan Gabriel Alvarez

Jimena tiene 17 años, llega a la consulta tras la trágica muerte de su novio en un accidente detránsito. En la primera entrevista relata el hecho con detalles y rompe en llanto, muestra la dificultad para asimilar la falta reciente, por momentos parece tenerlo con vida.

A los primeros encuentros la acompaña su madre o su padre, expresa no poder estar sola, tampoco entrar a su cuarto donde siempre estaba él. Al preguntar por qué no puede estar sola explica que se angustia cuando no hay nadie cerca, no puede salir a la calle sin compañía. Una resistencia a la falta que es velada con la presencia constante de otro, evitando así el reconocimiento de lo perdido.

Más adelante destaca su molestia cuando sale a la calle, la forma en que la gente la mira, con tristeza, “como diciendo pobre loca se le murió el novio”; y miradas que la juzgan “como cuestionando por qué esta en la calle como si nada si acaba de morir su novio”.

Dos días después de la muerte de su novio unas amigas fueron a verla y “para que se despejara” le ofrecieron salir a dar una vuelta, y ella aceptó. Cuando entraron a una heladería pasó un joven en una moto que la miró de una forma distinta a los demás. “Me miró enojado, como con rabia, me hizo acordar a Marcos. Era igual de aspecto, pero no lo pude reconocer bien por el casco, no sé porqué me miró así, me miró como si estuviera haciendo algo malo y no estaba haciendo nada malo, me hizo re quemar te juro!”.

Luego de las primeras sesiones comenzó a concurrir sola al consultorio. El significante en relación a las miradas, la llevó a darse cuenta que se encontraba enfrentada a lo socialmente esperado, las miradas de las personas “la hacían sentir” que de alguna forma ella no estaba actuando como se esperaba.

Jimena veía de “forma dramática y melancólica” por parte de los familiares y amigos de Marcos el elaborar el duelo esperable: “no los entiendo, publican cosas tristes, fotos de él, ya está, todo el tiempo en las redes sociales, para mi es morboso”.

No entendía por qué ella no actuaba igual, por qué se encontraba tan desprendida: “no voy a dejar de hacer las cosas que hacía antes, no entiendo a la gente, me siento liberada, me siento bien”.

Decido intervenir pidiéndole que explicase ese sentimiento de liberación.

Allí su discurso en relación al primer encuentro dio un giro: “me tenía podrida Juan... (suspira) no lo aguantaba más, en los últimos días estaba pensando en dejarlo, era buenísimo pero se ponía insoportable”.

Jimena explica que al principio de la relación todo iba bien pero en los últimos meses él “la tenía podrida”, cuando iba a los bailes se comportaba muy infantil con ella, se tornaba “insoportable”, además descubrió que en ocasiones le mentía y le ocultaba cosas.

Entendí que ella estaba, más que comenzando el proceso de duelo, finalizándolo. Jimena había comenzado el duelo antes del accidente, cuando empezó a desdibujarse la relación y Marcos se le tornó “insoportable”.

Parecía no sentirse a la par con los demás en cuanto al sufrimiento por la pérdida, como si se recuperara rápido, como si ya se sintiera mejor y él ya no estuviera hace tiempo.

Le pregunto: “¿crees que hay un duelo que habías comenzado a construir? ¿Una posible separación que te preparabas a enfrentar?” Tras unos segundos de silencio, Jimena asiente con la cabeza y dice “puede ser, yo ya lo pensaba dejar, nunca me lo había puesto apensar, pero si, si”.

Haciendo referencia a Miller (2015) en relación a la posición que adquiere el sujeto ante lo dicho, lo que Lacan propiamente denomina enunciación, podemos plantearnos dos instancias de Jimena: una, ante el hecho de la muerte del novio, motivo por el que consulta; y otra, entrevistas más tarde, cuando asume una posición distinta ante lo dicho, en tanto el sujeto comienza a creer en lo que dice. La contradicción en su localización subjetiva puede mostrar como menciona Miller (2015), un emergente de las entrevistas preliminares:

Dice Miller: “es preciso permitir, principalmente en las entrevistas preliminares, que continúe mintiendo un poco en sus propios dichos. Y eso de hecho ya constituye una introducción al inconsciente. La localización subjetiva introduce al sujeto en el inconsciente.”

Profundizando un poco más: ¿podríamos encontrar allí un sujeto que parece implicarse en su malestar, en lo que Lacan llamaba rectificación subjetiva, donde éste conoce también su responsabilidad en lo que le sucede?

En las entrevistas posteriores ya no se cuestiona su forma de actuar ante la pérdida y el significante de la mirada apareció otra vez, pero la intervención apuntó hacia un origen de la misma “¿Alguna otra vez te pasó que te molestara la mirada de los demás?”

“En el liceo,” dice, relata haber sufrido “bromas y molestias constantes por parte de varios compañeros de clase” que la miraban todo el tiempo esperando que se equivocara en algo para resaltarlo y reírse. Consideraba estos hechos como infantiles e inmaduros, a los que decía no dar importancia pero asumía que le molestaban. Fue en el final de ese mismo año que conoció a su novio.

Al parecer, en la construcción del vínculo se pone en juego el amor como velo para el dolor. Jimena relata que, a partir de eso, distrajo su mente y dejo de sufrir por las constantes bromas de sus compañeros,“él justo llegó ahí sobre el final de ese año y ahí empecé a pasar con él siempre”.

Pregunto si el haberlo conocido la ayudó a lidiar con los malestares del liceo, a lo que responde: “sin dudas y pensaba en otra cosa. Aún así me jodían porque salía con él porque era más grande; pero ya no me importaba, estaba en otra cosa”.

“Marcos te ayudó a superar el sufrimiento en ese momento, y ahora Jimena, ¿quién te ayuda a superar esto?”

Sus ojos se llenan de lágrimas, se frena un segundo y responde “el tiempo...el tiempo me ayudó a entrar al cuarto de nuevo, el tiempo me ayudó a salir a la calle, el tiempo me ayudó a volver al liceo, fue el tiempo si...”

Comienza a hablar del tiempo como si se tratara de una persona, se transmite algo distinto en su discurso, algo más profundo, por un momento parece correrse del lugar del yo, dando espacio al sujeto del inconsciente.

Será a partir de la angustia y no sin el anclaje transferencial que podamos preguntarnos: ¿es posible que se trate de una apertura del inconsciente? ¿estaría allí el sujeto del inconsciente?

BIBLIOGRAFÍA

  • Miller, J (2015) Introducción al Método Psicoanalítico. Buenos Aires, Ed Paidos.