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Revista Repique

Repique 5

El lugar del saber en la metáfora del amor

Natalia Arrieta, Alex Bentancourt, Carolina Cáceres, Santiago Ferreira, María José Maruri, Fernanda Mesa, Ximena Rodríguez

El saber tiene un lugar privilegiado en la metáfora del amor. En el presente trabajo desarrollaremos conceptos vinculados a dicha metáfora, como la relación entre amor y saber, Erastés y Erómenos, así como también sobre ágalma. Luego realizaremos una reflexión sobre el amor en transferencia.

Amor y saber

Amor, deseo y goce son los tres elementos que enlazan una pareja. El amor hace de puente entre el goce y el Otro, encubre el circuito de goce. Podemos decir que, en este sentido, el amor trabaja para el goce y no lo sabe. El amor enmascara un núcleo pulsional que muestra su función de “velo” de la falta y de la inexistencia del Otro. Bajo el manto del amor, está la pulsión. El amor, de alguna manera, nos deja en falta, nos muestra incompletos, ya que no hay deseo sin falta. Y también puede darse cuando hay algo de la falta en el otro y en el sujeto.

El amor es una demanda al Otro, pero también implica, a su vez, una caída del Otro. Lacan (2003) explica en el seminario VIII, “el Otro ya no es entonces en absoluto nuestro igual, el Otro al que aspiramos, el Otro del amor, sino algo que representa, propiamente hablando, una decadencia, quiero decir, algo que es de la naturaleza del objeto” (pp.198).

Entonces, si tomamos la cuestión no al nivel del amor, sino a nivel del deseo, “de lo que se trata en el deseo es de un objeto, no de un sujeto” (Lacan, 2003, pp. 198). El objeto del deseo siempre está velado. Más allá de la persona a quien se ame, está el objeto a y por eso, más allá del amor se encuentra ese objeto, del cual se goza. A su vez, por el lado de lo imaginario, en la elección de objeto de amor se ponen en juego elementos narcisistas.

El enamoramiento como tal se basa en un ideal, una ilusión. La ilusión consiste en la percepción deformada de un objeto. En este sentido, el amante idealiza al amado, al menos en una primera etapa del enamoramiento. De allí que el amado sea percibido como alguien capaz de devolvernos la completud perdida y/o añorada. Como efecto de esto, el enamorado vuelca en el otro incluso la cuota de libido que necesita para sí mismo.

En tanto función del amor, como nos plantea Lacan (2015) en el seminario X, podemos decir que “sólo el amor permite al goce condescender al deseo” (pp.194). Hay un efecto de sentido particular que se llama amor y está destinado a hacer creer que el goce del Otro existe y que se puede gozar del Otro.

El amor deviene un efecto especial de sentido necesario para pasar del “se goza” del autoerotismo a la idea de que se goza del Otro, del cuerpo del Otro. Esto muestra un nuevo valor del amor, permite enlazar el goce a los circuitos del sentido, enlazar la pulsión al Otro; conectando el goce con el Otro. El amor toma entonces no solo la función de velo, sino una función de anudamiento, al permitir enlazar el goce con el Otro.

Erastés y Erómenos

En los desarrollos lacanianos en torno al amor y la transferencia, en el seminario VIII, encontramos lo trabajado a partir de la díada conceptual griega de "Erastés y Erómenos".

Entendiendo al Erastés como el amante y al Erómenos como el amado, es el amante quien ubicándose en falta deposita en el amado su causa de deseo. Es a partir de la división subjetiva y de la falta en ser, que el sujeto se ubica en posición de Erastés.

Por otro lado, el Erómenos será entonces quien en posición de amado encarna el objeto causa de deseo que se encuentra de fondo a la cuestión, pero desconociéndolo; pues no se trata de su objeto, sino por el contrario aquello que lo hace ser amado por el Erastés.

Junto a Lacan, diremos que para que la metáfora del amor se produzca, debe haber un cambio de roles. El amante pasa a ser amado y el amado amante.

Ágalma

Lacan (2003) introduce este concepto en el seminario VIII, “La Transferencia”. Lo podemos pensar como el antecedente privilegiado al concepto de objeto a, creación primordial de la enseñanza lacaniana.

Ágalma, en El Banquete, designa así el valor incomparable de Sócrates, el objeto inalcanzable del deseo de Alcibíades.

De esta forma -sostiene Lacan- queda situado el punto de experiencia por el que Alcibíades considera que en Sócrates se encuentra aquel tesoro, aquel objeto indefinible y precioso que tras desencadenar su deseo fijará su determinación.

“Ágalma puede perfectamente significar ornamento, adorno, pero aquí es, ante todo, joya, objeto precioso -algo que está en el interior” (Lacan, 2003, pp. 164).

En la demanda de amor Alcibíades, va más allá de Sócrates y apunta al saber que le supone al filósofo sobre los asuntos del amor. En consecuencia, Sócrates no es más que un mero envoltorio que recubre y aloja al ágalma. Además, al mostrarse castrado, Alcibíades se coloca en una posición deseante.

Vayamos ahora a lo que Lacan considera la interpretación de Sócrates:

“Todo lo que acabas de hacer aquí, y sabe Dios que no es evidente, pues bien, es por Agatón. Tu deseo es más secreto que todo el desvelamiento al que te acabas de entregar. Ahora apunta a otro más. Y este otro, yo te lo designo, es Agatón”. (Lacan, 2003, pp.206).

Con esta respuesta, Sócrates impide la realización de la metáfora del amor, la sustitución de Erómenos por Erastés. Él sabe que lo que le demanda Alcibíades no lo tiene “...allí donde tú ves algo, yo no soy nada" le replica. (Lacan, 2003, pp.182).

Reflexión: Amor y transferencia

El saber que tiene Sócrates con respecto al amor, es reconocer que debe sustraerse subjetivamente para que en su interlocutor advenga el amante. Al sustraerse subjetivamente, lo que implica no responder a la demanda, genera que el sujeto, advenga amante deseando lo que le falta.

¿Acaso no es similar lo que sucede en un análisis? Podemos pensarlo desde la posición del analista, que implica mostrarse vacío de amor u odio. Provocando el advenimiento del analizante como Erastés (amante), quien va a buscar el objeto de amor. El analista, al proponerse como vacío, alienta a que el analizante continúe hablando, ya que nunca es sobre eso, ningún objeto es adecuado para el enigma de su deseo, siempre se trata de otra cosa.

Freud (1993) nos dice en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia que,

La técnica analítica impone al médico el mandamiento de denegar a la paciente menesterosa de amor la satisfacción apetecida. La cura tiene que ser realizada en la abstinencia. Hay que dejar subsistir en el enfermo necesidad y añoranza como unas fuerzas pulsionantes del trabajo y la alteración, y guardarse de apaciguarlas mediante subrogados (p. 168).

El analista tendrá como horizonte al ágalmadel deseo, pagando con la reducción de su persona a un significante cualquiera. El significante cualquiera es un significante del analizante recortado por el analista; un significante que irrumpe en el discurso como distinto en la cadena significante que se despliega en las primeras consultas y que el analista elige para continuar la cura.

¿Cómo vincular el ágalma, el objeto a, con la transferencia? Tendrá lugar por la articulación que podemos hacer entre la transferencia y la pulsión, transferencia y goce. Lo que está en juego es el objeto parcial, clave del deseo.

BIBLIOGRAFÍA

  • Freud, S. (1914/1993). Puntualizaciones sobre el amor de transferencia En Obras completas Tomo XII. Buenos Aires: Amorrortu
  • Lacan, J. (1960/2003). Seminario 8: La transferencia. Buenos Aires: Paidós
  • Lacan, J. (1962/2015). Seminario 10: La angustia. Buenos Aires: Paidós.